jueves, 18 de febrero de 2010

La risa y la caída del héroe ante la casualidad (II)

[Un ejemplo de gag tipo II: la casualidad toma el papel de la intervención heroica -deliberada. La escena del columpio en El jovencito Frankenstein de Mel Brooks.]

Para ofrecer un ejemplo que se ajuste mejor al segundo tipo de gag que señalábamos al comienzo del punto anterior, remito al lector a la comedia de Mel Brooks El jovencito Frankenstein (The young Frankenstein, 1974). Fijémonos en esta situación: tras escapar el monstruo del castillo del moderno Prometeo, dos escenas que se están desarrollando simultáneamente, una en el patio anejo a una casa de labradores y otra en las habitaciones de ésta, convergen de casualidad y se resuelven de modo tan feliz que, en ese su cruce afortunado, nos invitan a pensar que la intervención de un héroe en ellas no podría, desde luego, haberles garantizado mejor desenlace que el que les proporcionó la entrada en escena de la casualidad -que, a fin de cuentas, no es más que un ente de razón.


El gag al que nos referimos se prepara como sigue: el monstruo compuesto por el joven doctor Frankenstein ha escapado ya de su encierro en el castillo y anda rondando las afueras del pueblo cercano; la voz de alarma ha llegado a los vecinos del lugar, que se han determinado a hacerse fuertes en sus respectivas casas bloqueando puertas y ventanas para resistir ante los accesos furiosos del cuerpo reanimado por el arte. En el interior de una de esas casas de labradores se ve a un matrimonio joven que acaba de asegurar ya contraventanas y cerrojos, y que hace los últimos arreglos sobre la puerta de la casa, atrancada con algunos travesaños de madera; mientras tanto, en el jardín de la casa, una niña que debe de ser su hija se entrega cantarina a sus juegos: sus padres no han caído en la cuenta de que se les ha quedado al otro lado de la puerta que tan apresuradamente han reforzado. Salido de entre los árboles, el monstruo de Frankenstein se encuentra con la niña en el patio: se trata de un hombre de gran talla, con un gran costurón alrededor de su cráneo y que, pese a su semblanza terrible, va desgarbado de andares, como un infante que da sus primeros pasos: es, sin duda, un incapaz de acción, un viviente en el que pesa más el movimiento espontáneo que la acción deliberada. Éste observa con gesto de sorpresa a la niña; aunque aturdida, ella le invita a compartir sus juegos, y el cándido monstruo, aceptando, se sonríe torpemente.
Mientras tanto, dentro de la casa el matrimonio ha empezado a echar de menos a la niña, y antes de creerla en el patio, la pareja de labradores comienza a buscarla y llamarla en el interior de la casa; al comprobar que no está distraída en ninguna habitación del piso de abajo, no se demoran en subir a buscarla en los cuartos superiores. De nuevo, se nos presenta la escena del exterior: la niña y el monstruo se sientan sobre los extremos de un balancín del parque, impulsándose de modo que se hacen subir y bajar el uno al otro alternadamente; en la casa, los padres suben muy a prisa la escalera hacia la habitación de la niña y están a punto de abrir la puerta. Al tiempo que ellos echan mano sobre el picaporte, el movimiento del balancín en el parque se interrumpe: el monstruo, llevado por el gozo del juego, se pone en pie, permitiendo que el extremo sobre el que se sienta su compañera de juegos repose en el suelo; de súbito, deja caer todo su peso sobre su asiento del balancín, haciendo que, para su sorpresa, la niña salga disparada como un proyectil de catapulta desde el otro extremo, sin rumbo claro. La cámara regresa al interior de la casa y nos muestra un cuarto infantil en el que una blanda cama, descubierta ya, se extiende frente a nosotros; por la ventana de la habitación, que había quedado abierta, la niña entra volando, cayendo tendida sobre la cama y de tal suerte que, del propio ímpetu del aterrizaje, las sábanas acaban cubriéndola como si alguien se hubiese ocupado de acostarla; la puerta del cuarto se abre y entra la pareja de labradores en el cuarto, encontrando a la niña ya echada y arropada en la paz del lecho: "-¡Mi niña!".

De esta manera, el gag se ha desatado merced a la torpeza del monstruo y se ha apropiado del conjunto la escena, más allá de la función y la intención de éste como gracioso; al resolverse la situación felizmente, la casualidad ha ocupado, de derecho, el lugar de cualquier héroe -enmascarado o no, "profesional" o espontáneo- que hubiese querido producir deliberadamente una resolución semejante de la situación. El carácter impremeditado del lanzamiento de la niña hasta su cama, durante el cual ésta se ha convertido en peso inerte, ha quedado compensado -y, respecto del espectador, recíprocamente anulado- por la posterior ganancia de sentido del accidente que causó su vuelo, sujeto a tan oportuna trayectoria; ante el conjunto del gag, ante el todo en que se acoplan el antes y el después del golpe cómico, la comprensión del espectador cae en ese umbral de la indecisión del que venimos hablando. Si en algún momento el monstruo hubiese dado muestras de proponerse lograr dicho desenlace y medir con vistas a él su caída sobre el balancín, el éxito de su acción estaría recibiendo nuestro aplauso, como lo recibiría la intervención de un héroe: pero aquí la acción (deliberada) no ha tenido nada que ver y, en su sentido más riguroso, tampoco se ha asomado a la situación. Consecuentemente con esto, la risa, y no la admiración o el espanto, ha impuesto su sello en el entendimiento de los hechos: la casualidad ha hecho sobrante la intervención de cualquier (super)héroe: el transcurso de la situación es suficiente a dar lugar a tan buen desenlace, porque el monstruo no es nunca tan malo como parece.

La casualidad -que, como decíamos, no es apenas nada, y que, a diferencia de la acción, tampoco es, desde luego, un principio, más allá del discurso que sobre ella hacemos- nos sorprende de nuevo: mucho tiempo después de escribir y descartar la publicación de estos epígrafes, damos con el pretexto para ponernos a redactarlos. Si ya era sorprendente descubrir que un monumental reloj "casi a las doce menos cinco" aparecía en El gran dictador -recuerden nuestro "Pasatiempo a partir de una casualidad"-, no lo será menos el comprobar que, al final de El jovencito Frankenstein, el monstruo, luciendo frac, sazona su nuevo papel de bailarín prendiendo una insignia en la solapa de su traje: en ésta se reconoce una sonrisita esquemática.