domingo, 17 de enero de 2010

Los años del desencanto (extractos).

[El Dios nacional y los superhéroes en las memorias de un enmascarado retirado.]

(...) Otra voz que debemos tener presente, si queremos "tomar la medida" a las razones y repercusiones de la aparición de las ficciones de superhéroes a partir de la meta-ficción desarrollada en Watchmen, es la de la confesión de Hollis Mason en su autobiografía de héroe enmascarado. Además de ofrecernos sus recuerdos de juventud acerca de la transición de las historietas "pulp" a las historietas de superhéroes, Mason se arriesga a hacer una exploración del género que no se limita a presentarlo como "fenómeno de entretenimiento de masas". Su juicio permanece atento a otra clave que nos interesa más: la de las interpretaciones morales que sustentan la figura de los protagonistas de esas historietas desde la posición histórica compartida por lectores y autores:

"Todos aquellos brillantes detectives y héroes [dice Mason refiriéndose a los protagonistas de los tebeos pulp] me permitieron vislumbrar un mundo perfecto, en el que la moralidad funcionaba como debería hacerlo siempre" [p. 5 de Bajo la máscara]. Tampoco duda en señalar un cierto vínculo genealógico entre sus lecturas "pulp" de adolescente y las lecturas de la Biblia de su abuelo: "La noción del bien y la justicia que me inspiraba Lamont Cranston [la Sombra], con su sombrero y sus pistolas automáticas resplandecientes, me parecía muy alejada de la imagen del viejo feroz y taciturno que recuerdo sentado en su granja de Montana, sin otra compañía que su Biblia, pero estaba seguro de que si los dos se hubiesen conocido hubiesen tenido de qué hablar".

Resultados de la primera intevención de un "justiciero enmascarado" émulo de Superman. Entre todas las "simetrías" de Watchmen, se descubre una gran asimetría: la que impide atravesar el umbral entre el "afuera" y el "adentro" del espectáculo superheroico sin que medie una intervención cruenta, que convierta a los superhéroes (sobre el papel) y a sus imitadores (fuera del papel) en piratas o "payasos disfrazados".


En efecto, los héroes "pulp", pese a sus "oscuridades y ambigüedades", servían como espadachines de una Justicia infalible -de alcance moral, escatológico, como la que impartiría en el fin de los tiempos un Cristo Pantocrátor- que, más allá de la "pequeña" justicia de las leyes temporales, los expedientes criminales y los procedimientos judiciales -de alcance sólo administrativo y político, falibles y posteriores a la trasgresión, en el mejor de los casos-, aseguraba que "lo que era malo recibiera su merecido castigo", por medio de una intervención aparatosa y espectacular. Estos héroes suplían, al menos en las páginas planas de las historietas, una función de ajusticiamiento expedito e irrecusable que toda una generación encontró ausente del mundo del incipiente y ya saboteado "Sueño Americano". ¿Pero quién es el agente último de esa Justicia suplida? ¿En qué momento esa Justicia se presentó en nuestro mundo histórico de modo que ahora pueda echarse de menos la intervención de su mano, por cuyo poder los justos reciben lo necesario para su tranquilidad pacífica, y los inicuos su castigo?
(...)
La importancia sociológica de los protestantismos en la Nación norteamericana mantuvo vigente hasta el siglo XX, en contradicción con el deísmo de los Padres de la Nación norteamericana y sacando partido de la "libertad religiosa" de la Primera Enmienda, la creencia en un Dios que vela para que en los acontecimientos históricos los justos prevalezcan sobre los inicuos, según su propia Justicia, infalible e inescrutable -por eso nos referiremos a ella con mayúscula inicial. (...) La aparición de los cómics de superhéroes es un fenómeno propiamente norteamericano, derivado de un cruce contradictorio entre las tradiciones religiosas y morales -predominantemente protestantes- de su sociedad civil y el hecho de que la Nación política norteamericana se constituya ya y tenga que abrirse lugar en la historia universal sobre la vorágine de unos tiempos que preparan la "muerte de Dios" y la "desvalorización de todos los valores", y por tanto, el desfondamiento de su propia "moral a la americana" y el colapso de su interpretación moral del mundo dominante. (...) A los del "Sueño americano" se les aplicaría lo que dice el refrán "a Dios rogando y con el mazo dando (sobre el ataúd de Dios)": porque mientras "América" sigue insistiendo retóricamente -por medio de historietas ilustradas, películas, buenas conciencias y sermones religiosos- en la posibilidad de librar de la erosión de la "atmósfera postmoderna" su común interpretación moral del mundo, su orden de "valores democráticos americanos" y sus garantías, más allá de esa retórica de propaganda el mismo proyecto político universal de los Estados Unidos no puede sino afianzarse, necesaria y materialmente, en la promoción de las condiciones históricas, económico-sociales y tecnológicas en las que el desfondamiento de todos los "valores" y la pérdida de toda divinidad se hacen inevitables en el horizonte. De esta manera, la nave americana, en la que muchos tienen un pie puesto como "modelo contemporáneo a seguir" -aunque no sea el único-, al final también nos sume igualmente en la nada, mientras que nos permite esquivar provisionalmente el inminente naufragio achicando agua con un cubo. (...) Así habla de esa efectiva "pérdida del sentido" en la aparente victoria del "Modo de vida americano" un enmascarado retirado:

"Todos los casos que investigué durante los 50 parecían sórdidos y deprimentes, y a menudo me helaban la sangre en las venas. No sé, parecía que el aire estaba impregnado de una cualidad lóbrega. Como si el elemento esencial de nuestras vidas, de todas nuestras vidas, estuviera desapareciendo cuando todavía no sabíamos lo que era. No creo que lo pueda describir de forma adecuada, salvo a alguien que recuerde la magnífica sensación que nos invadió a todos después de la guerra: nos habíamos enfrentado a lo peor del siglo XX, y lo habíamos soportado estoicos. Parecía que habíamos alcanzado una era de paz y prosperidad que nos llevaría hasta el año 2000. Aquel optimismo se mantuvo durante los años 40 y 50, pero a mediados de esta última década, comenzó a desvanecerse, y todo pareció verse invadido de una sensación ominosa." Hollis Mason: Bajo la máscara (Under the hood), cap. V, p.13 -citado en el apéndice del cap. III de Watchmen.


Estos soldados alemanes, tras extender por Europa la idea del Übermensch nacionalsocialista, huyen del avance del supersoldado de América.

Una respuesta "popular" a esta contradicción que señalábamos, condicionada por la alfabetización de las masas del país y la sobreabundancia capitalista en el mercado de la prensa escrita y las publicaciones a color, vendría a quedar inaugurada por el paso de las historietas "pulp" al género de los superhéroes y el definitivo asentamiento de estos segundos, que siguen atrayendo a nuevos lectores después de cerca de setenta años. No sabemos por qué Superman, el primer superhéroe, calcó su nombre inglés del alemán de la figura post-moral pintada por Nietzsche, que ya no conoce nada ni de un "Dios" ni de los límites o deberes de un "Hombre": el Übermensch, el Superhombre -o "Ultrahombre", precisarían algunos. Y no lo sabemos porque, antes de que podamos saberlo, se nos alcanza pensar que ese Superman no representa sino un giro de tuerca más -un giro "pop", en este caso- en la dirección metafísica de la búsqueda de "Dios" y el "Hombre (americano)", reunidos en un nuevo aseguramiento fundamental del uno por el otro. Porque, por supuesto, esta respuesta del Superman no tendría viabilidad histórica sin que el hombre americano se hubiese quedado a la espera de un Dios (americano), convertido por la libertad de culto de la mayoría protestante norteamericana -y la minoría judía integrada- en "aliado" y "protector" de las empresas históricas americanas y su "modo de vida": la doctrina del "Destino manifiesto".

Fallando la mano amiga de ese Dios en la historia, llegan los superhéroes a mantener elevada la "moral americana" en la ficción, haciendo irrelevante más allá de las viñetas, al menos provisionalmente, el que el Dios americano se hubiese olvidado de los justos. También el libro del Apocalipsis se compuso en tiempos en los que los cristianos eran perseguidos y humillados por los paganos, para asegurar la esperanza de la primitiva cristiandad y pintar retóricamente ante ella la caída de Babilonia y el ajusticiamiento universal al final de la historia; los lectores de las historietas de los superhéroes no son tan pacientes, sino que pasan a exigir ese ajusticiamiento en los márgenes de la propia historia, sin caer en la cuenta de que su nación quizás esté más cerca de "Babilonia" (la Roma pagana) que de aquellos para los que se escribió el Apocalipsis. (...)

Cuando Superman, abandonando su disfraz de Clark Kent, voló en 1938 en las viñetas de una historieta para evitar la ejecución de una inocente en la silla eléctrica, también dio alas al corazón de muchos jóvenes americanos con las que volar durante sus ensueños y evitar así la caída directa en el abismo -el fascinante abismo- hacia el que se dirigían ya sus empresas y su "moral americana"; de esta manera, los superhéroes, con Superman a la cabeza, se harían populares, ofreciendo al habitante del "Sueño americano" una cura en falso, una restauración superficial que era capaz de disimular, provisionalmente pero también de modo reiterado, el resquebrajamiento de sus cimientos. Afortunadamente, esas alas que permitían al lector seguir a Superman en sus vuelos eran de una factura tan débil como la del suelo cuyo desplome habían permitido ver desde lo alto, y estaban, por así decir, hechas de cera y papel de revista juvenil. En 1975, cuando Rorschach se tragó a Walter Kovacs [VI, 25 y 26], ese vacío abismal reclamó la mirada del personaje e hizo añicos sus ilusiones, para que ya nadie pudiese fingir no conocerlo. Si la mirada del lector pudo seguir a la del personaje a través de las páginas de la historieta hasta nuestro presente, no habrá encontrado ya un abismo ficticio -ficticio como el vuelo de las alas entregadas por Superman- sino el abismo histórico que los superhéroes habían ocultado a los que querían dilatarse en el "Sueño americano", que al quedar cercado por un vacío es, esencialmente y no sólo de modo contingente, eso mismo: ensoñación.
(...) Éste es el proceso que discurre bajo el paso del género de superhéroes al género de piratas, la deriva que acaba siendo presentada de nuevo, a su manera, en el juicio que Rorschach y el Comediante comparten sobre sus coetáneos y la desmoralización de su circunstancia [VI, 15]. Dice Rorschach: "(...) Él [el Comediante] era quien mejor lo entendía todo. De la gente. De la sociedad y de lo que está pasando. (...) Entendía la capacidad del hombre para causar horrores, y nunca se retiró. Vio el interior oscuro del mundo y nunca se rindió". (...)